SUE - EL SEXO ENTRE MACHOS DE ESCARABAJO AUMENTA CON EL CALOR


Los escarabajos enterradores de la especie (Nicrophorus vespilloides) cuidan a su descendencia como pocos en el mundo de los insectos. Ambos progenitores colaboran para enterrar a los cadáveres de pequeños vertebrados con los que alimentan a sus larvas, además de limpiarlas y defenderlas de los depredadores. Para ello necesitan comunicarse con una gran precisión y lo hacen mediante sustancias químicas que detectan por el olfato. Si ese sistema invisible falla, todo se desequilibra, incluso puede afectar al reconocimiento de si un ejemplar es macho o hembra.

Un nuevo estudio sugiere que el aumento de las temperaturas altera esas sustancias químicas, y podría estar detrás del incremento de las montas entre machos que han detectado los científicos, al ser estos incapaces de reconocer el sexo de sus congéneres. Los resultados de la investigación, todavía en marcha, se presentan este miércoles en el congreso anual de la Society for Experimental Biology, que se celebra en Florencia.

Los investigadores temen que esta circunstancia pueda acabar afectando al éxito reproductivo de la especie, en el caso de que se redujera a la vez el número de cópulas entre machos y hembras. Lo mismo podría ocurrir en otras especies que dependan de señales químicas. Una hipótesis que todavía está en investigación.

La autora del estudio, Solène Morelle, explica que sabían por estudios realizados con otros insectos que la comunicación química es sensible al calor. En su laboratorio ya habían demostrado, además, que el cuidado parental y la reproducción de los escarabajos enterradores se ven afectados por el estrés térmico. “Pero nunca se había puesto a prueba de forma directa la relación entre esas alteraciones, el reconocimiento del sexo y el comportamiento sexual entre individuos del mismo sexo”, indica Morell. Aun así, advierte de que la situación podría ser más compleja, porque los escarabajos enterradores muestran este comportamiento incluso sin estrés térmico.

Las sustancias químicas que utilizan, conocidas como hidrocarburos cuticulares, se encuentran en la superficie del cuerpo de los insectos y desempeñan dos funciones esenciales. Por un lado, forman una capa impermeable que evita que los insectos pierdan agua y se deshidraten cuando hace calor. Y, por otro, actúan como señales químicas que les permiten reconocerse entre sí, identificar posibles parejas y distinguir entre machos y hembras.

“Los escarabajos enterradores son un organismo modelo”, aclara Morelle por correo electrónico. De forma que “nuestros hallazgos deberían llevarnos a reflexionar sobre cómo otros insectos, otros animales de sangre fría o cualquier otra especie que dependa de las señales químicas podrían afrontar un mundo cada vez más cálido”, añade.

Las interacciones sexuales entre individuos del mismo sexo en diferentes especies son un comportamiento muy extendido, como confirmó un gran examen realizado sobre unas 110 especies de insectos y arácnidos. Pero todavía se “sigue debatiendo la razón de por qué ocurren y sobre si tienen alguna función adaptativa”, expone la científica. Algunas hipótesis plantean en este sentido que fortalecen las relaciones sociales o sirven como práctica reproductiva para los individuos más jóvenes.

No solo ocurre con los insectos; una revisión científica publicada este año ha confirmado que la homosexualidad está presente en los cinco grandes grupos de primates. En este caso, estos comportamientos son más probables en especies con mayor dimorfismo sexual (cuando la hembra o el macho es más grande), en las que forman sociedades complejas o en las que se enfrentan a entornos más adversos.

La teoría sobre la que trabaja Morell es la de la identidad equivocada, la idea de que los machos no siempre son capaces de identificar a la hembra. “Cualquier factor que altere ese reconocimiento debería afectar a la frecuencia de las montas entre individuos del mismo sexo”, sostiene. En su trabajo, la investigadora comparó el comportamiento de los escarabajos mantenidos a una temperatura habitual de 20 grados centígrados con el de otros sometidos a una ola de calor simulada de tres días a 26 grados. Durante los experimentos, registró la frecuencia y la duración de las montas entre machos y, posteriormente, analizó la composición de sus hidrocarburos cuticulares mediante cromatografía de gases y espectrometría de masas.

Existen numerosos ejemplos de cómo el calor altera la comunicación química, y puede hacerlo en cualquiera de sus etapas, desde la señal que produce el emisor hasta la forma en que responde el receptor. “Sin embargo, los mecanismos que explican este fenómeno siguen siendo poco conocidos”, plantea Morelle.

Para la científica y su equipo fue emocionante comprobar su hipótesis y les sorprendió descubrir la frecuencia con la que los escarabajos mostraban ese comportamiento en condiciones normales. “Quizá no debería haberme sorprendido dado lo común que es en el reino animal, pero nadie lo había investigado en esta especie”, concreta. el Pais.

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